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miércoles, 7 de marzo de 2012

The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore


Hace algunas semanas vi por primera vez The Fantastic Flying Books of Mr. Morris Lessmore, la animación me llegó por suerte y empecé a ver el video sin saber que esperar (todavía no ganaba el Oscar y estaba envestido de ese dorado tan molesto).

La música, los colores y la armonía con la que se cuenta la historia se me fue pegando, cada imagen me remitía a algún recuerdo, deseaba sumergirme en el video y volar junto con los libros, quería llorar y obligar a todos mis conocidos a ver esos quince minutos de magia y sentir lo que yo sentía.

La historia no ha dejado de sorprenderme, no importa cuantas veces la vea, siempre termino con una mezcla de sentimientos difícil de explicar. Al principió pensé que mi sentir tenía que ver con los libros; con su vida, muerte y significado a nivel social. ¡Claro la belleza de los libros como objeto, el poder de sus historias, la maravilla del texto y la renovación siempre inminente de cada lectura!

La explicación que me inventé tenía lógica pero no era acertada, hoy sé que la animación me conmueve por la astucia y sensibilidad con la que presentan al lector. Es un reflejo profundo de lo que implica la lectura como estilo de vida. El lector que encarna Mr. Morris es un lector sin tregua, que vive de sus lecturas, que construye y rehace el texto, que al leer escribe y dialoga con esos otros que dejaron sus pensamientos tiempo atrás.

Mr. Morris encuentra el pulso en las lecturas que parecen ya no ser vigentes, danza extasiado con personajes entrañables y sufre ante la carencia de palabras y el desgaste del lenguaje, su mirada se cansa pero no ceja en el esfuerzo, es joven a pesar de la vejez, el tiempo y el final de su propia historia.

Mr. Morris es la voz que de niños nos enamoró de las historias, la figura del lector que consideramos entrañable, las manos voraces de lectores que leen mientras nosotros observamos, es la cara que nos contagió el vicio y nuestro reflejo al terminar un libro que nos roba el habla. Es sin duda un artista de la lectura.

Nos leemos, cj



lunes, 30 de mayo de 2011

Leo

Leo porque no soy buena para cantar, bailar o pintar cuadros. Leo para provocarme. Las palabras me parecen dóciles a pesar de su rebeldía y constante choque con lo que me invento que soy. Me encuentro y pierdo en la lectura y me he formado en los libros más que en cualquier institución.

Mis padres son buenos lectores pero no se aferraron conscientemente a transmitirnos el gusto por la lectura, yo leía los libros que me regalaban o encontraba desparramados en las esquinas del departamento en el que vivíamos. Habitábamos una ciudad monstruo la imposibilidad de salir a jugar a la calle me hizo encontrar en los libros los juegos a los que no tenía acceso. Crecí leyendo cuentos e historietas.

Me hice una lectora voraz, cuando nos mudamos a una ciudad más pequeña. En donde a pesar de tener jardín y juegos de calle me sentía extraviada. La soledad del cambio me hizo leer, escaparme en las historias de otros.

No fui la mejor estudiante, me costó mucho trabajo darme cuenta de que no sabía leer. No sabía leer los textos escolares ni la mente de mis profesores, no entendía de donde teníamos que sacar las respuestas a los exámenes o las ideas para elaborar un ensayo. Para consolarme de mi ineptitud frente a la lectura escolar, leía novelas y poesía. Nunca durante ese periodo fui consciente de mi ambivalencia frente a la lectura. Para mí eran dos actividades diferentes, imposibles de empatar o interpelar. Una era la lectura impuesta y hecha para responder preguntas, la otra mi guarida secreta.

Me apasiona leer en voz alta, encuentro en la voz la esencia humana y en las lecturas hechas con sentimiento el acto amoroso por excelencia. 

Me hice maestra para poder leer, escribir y contar cuentos. 

He aprendido a ser una lectora voluntariosa, leo de todo y en desorden, si el libro no me seduce lo dejo para después, siempre tengo varios libros empezados y uno que cómo talismán va conmigo a todas partes, no importa si encuentro tiempo para leerlo o no, el saberlo en mi bolsa me tranquiliza. Leo mucho sobre psicoanálisis por trabajo, gusto y en revancha por las malas lecturas universitarias. Leo novelas, poesía, ensayo y cuentos infantiles, me cuesta trabajo leer teatro. Alterno entre autores clásicos y contemporáneos pero siempre vuelvo a unos cuantos que se han vuelto entrañables.

Estoy segura de que es a través de la lectura como podemos garantizar que la infancia no se pierda y la adolescencia se respete.

A diario constato que no hay malos lectores, sino lectores sin descubrir o la oportunidad de serlo. cj