Ojalá y todas las instituciones de nuestro país fueran tan puntuales como el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco (CECA) quien ayer me cerró la puerta en la cara y me dejo furiosa y con todos mis papelitos en las manos.
Eran las 4:02, lo sé porque a las 3:53 llamé desde Federalismo para decir que iba de camino a entregar mi propuesta para participar en la convocatoria CECA 2011, un joven amablemente me dijo –si alcanza, hay mucha gente y nos iremos más tarde-.
Después de 45 minutos de camino, con un sol que te va despedazando el pellejo y adormeciendo las neuronas. Llegué. El tiempo que tarde en caminar a la puerta bastó para que decidieran que ya era hora de cerrar.
Un guardia feliz de actuar como capataz se planto frente a la puerta para comunicarnos la noticia: -ya nadie pasa-. A lo que un puñado de aspirantes a la beca contestamos alarmados –pero ¿por qué?- el calor la prisa y la frustración invadía el lugar, a las 4:20 ya éramos casi diez personas las que esperábamos detrás de las ventanas con la ilusión de que alguien nos dijera si nos atenderían o no.
Antes de las cuatro y media apareció una mujer de vestido rojo que se veía cansada y harta de tener que estar atendiendo gente, sin vernos nos dijo –ya nadie va a entrar, la convocatoria cerraba a las cuatro y ya no es hora, si los dejo entrar no será justo para los que llegaron a tiempo y pierde sentido que exista una convocatoria-
Estoy de acuerdo. Hay que ser puntuales y tenemos que aprender a cumplir tiempos y formas, pero dentro de las oficinas muchos de los que si alcanzaron a entregar todavía llenaban papeles y acomodaban la documentación que entregarían.
Espere un rato, escuchando las mentadas de madre de algunos, las suplicas de otros y el recuento de lo que habían hecho e invertido para a fin de cuentas no poder participar. No abrieron (al menos mientras yo estuve ahí) y poco a poco fuimos desalojando el área. Claro, no sin antes recibir la mirada condescendiente pero triunfal de aquellos que si entregaron.
Despejado el coraje, la impotencia y las ganas de agarrar a golpes al pequeño soldadito (que en cuanto le dan algo de poder te trata como perro de pelea) y a la señorita que lo único que quería era largarse a su casa y olvidarse de la jornada del día. Sigo abrumada por el asunto.
Sí, caímos en el lugar común, entregando al último el día en que cerraba la convocatoria. La cuestión a fin de cuentas no tiene que ver con que no acepten las propuestas, tiene que ver con la actitud prepotente y altiva de los servidores públicos que atendían a los participantes, tiene que ver con la forma en la que se anula el dialogo y se ejerce la autoridad. cj